Aurelio solía caminar todos los días desde el cuartel general de los guerrilleros hasta la casa de Inés. Como el suelo que él pisaba estaba eternamente acompañado por una espesa capa de nieve, sus huellas se habían convertido en parte del paisaje. Cada una de ellas aumentaba su profundidad con el paso de los días sirviendo de guía al romántico de Aurelio. Si, Aurelio era un romántico empedernido, cada vez que volvía del cuartel a lo de Inés plantaba con sus propias pisadas semillas de amapola. Éstas debían crecer de apurado para que al día siguiente fueran arrancadas por él.
Inés era distinta, a ella no le importaban realmente las amapolas de Aurelio, porque consideraba que retrasaban su llegada. De todos modos, había comprado un pequeño florero que ubicaba sobre su mesa de caña justo al lado de la ventana, (por no despreciar el gesto, absurdo para ella, pero gesto al fin)
Desde el cuartel general de los guerrilleros hasta la puerta de la casita de madera de Inés, había justo cien metros en línea recta. Desde el cuartel general de los guerrilleros hasta la mesa donde estaba el florero con amapolas, a veces mustias, a veces frescas, había justo ciento dos metros en línea recta. Aurelio caminaba todos los días ciento dos metros hasta la mesa, gracias a Inés, que para economizar energías, abría la puerta a las seis de la tarde; hora en la que él dejaba de luchar.
El 20 de algún mes de 1976, o 30, o 43, o 55, o 66, o etc. (Digo etc., porque en realidad depende el país donde ustedes quieran situar la historia), Aurelio caminó por su destino: marcado, anhelado y ansiado, hasta la casa de su mujer, pero en el metro treinta pudo visualizar la puerta cerrada, entonces creyó que Inés se había quedado dormida junto a la salamandra; pero en el metro cincuenta vio pisadas las amapolas plantadas en la mañana, entonces pensó que Inés en una de sus vertiginosas salidas había arrasado con alguna de las flores; pero en el metro setenta vio la ventana rota, en el ochenta el florero tirado en la nieve, en el 90 las flores muertas. ¡Inés, Inés! Aurelio gritó con desgarradora voz, mientras se derrumbaba sobre sus propias huellas.
El día tal, de algún mes, de algún año, de algún país, ella desapareció. Aurelio, las huellas y las amapolas también.