No son tus ojos negros o azules
ni la cabellera entre ópalo y carmesí
lo que hace contemplarte
con textura de óleo.
ni la cabellera entre ópalo y carmesí
lo que hace contemplarte
con textura de óleo.
Tampoco son las sombras violáceas
o esos destellos rosados
que se asoman entre tus pliegues
lo que mantiene la atención.
Ni tanto el ropaje verde oscuro
con luces blanquecinas,
sino el cuenco de tus manos.
Ese espacio inhabitado
casi profético,
que anunciaba un interrogante
y contestaba y sostenía
una nueva identidad venidera
o no.

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