Es conmover,
o mover con,
llegar al punto,
faltarle el respeto al equilibrio,
ausentar el espacio tiempo,
adormecer lo despierto
y despertar lo dormido.
Es tener la certeza de explotar,
ese descontrol a pesar de uno,
de las muchas reglas,
y de toda la furia de la que Dios,
en ese instante,
olvida,
o ni cree recordar.
Y piensa
¿Por qué no puede ser extensible,
inabarcable,
múltiple,
un tsunami amplio y visceral?
¿Basto,
irrepetible,
eterno,
acuoso,
sedoso,
sonoro y extremo?
¿Por qué no también un ardor suavito
que muerda el vientre
y se extienda como barca fracturando el hielo?
¿Y por qué no
unos nenúfares de agua de miel y azahar
derramándose en cascada?