Cómo
es que siguen tus reminiscencias,
en
un acto de arrojo me pregunto,
ancladas
en un tejido que ya no es,
que
no tiene la textura,
ni
las dimensiones,
ni
el brillo que solía tener
durante
esa adolescencia tardía.
Cómo
es que aun,
a
distancias insospechadas,
resopla
tu tono de voz,
se
expresa la gota cayendo
en
la taza de café que no tomamos,
ni
que hablar de cuidar a tu hijo,
o
verte morir.
Entonces
no hay Idea que valga,
y a
pesar de estas absurdas coincidencias,
esas
que nunca dijimos,
el
imaginario de tu rostro se me instala
desde
la lejanía, renovado.
Y se
que no andás en tren,
en
esos que tomo yo
en
épocas menos feroces,
pero
tus ojos merodean el andén.
Y se
que conoces sin conocer a aquellos,
aquellos
que yo también desconozco,
pero
que en un acto poético,
genérico,
se acercan a aliviar
ese
silencio mortuorio
que
me había acontecido años atrás.
Por
eso, a veces, no se si agradecerte
esa
ausencia inspiradora,
o
llamarte a pasar una tarde