miércoles

La mujer que siempre reía.

La mujer que siempre reía tenía ojos negros, dientes blancos y grandes, una infinidad de rulos color castaño oscuro y dos surcos de temprana edad al costado de su boca. Ella exhibía su risa mientras sus rizos se agitaban. La apertura podía variar desde pequeños milímetros hacia las cejas, hasta lograr comprimir los pómulos de un modo envidiable.

Los motivos de sus carcajadas o sonrisas trataban ser diversos. Las sonrisas más claras podían manifestarse frente a un bebé o a un pequeño cachorro, las más oscuras se generaban con sus fantasías o con alguna que otra caída de esas señoras graciosas que caminan por la calle y luego aterrizan en el suelo balanceándose como barquillo.

Cuando esa clase de sonrisas surgían, la mujer que siempre reía, trataba de ocultarse. Entonces sus labios se presionaban uno con otro y la boca se reducía a su menor expresión. Si bien era divertido verla luchar con sus propias diabluras, sus carcajadas no eran menos llamativas. Sus dientes aparecían sin demasiado pudor frente a las situaciones más absurdas. Que si se sonroja un hombre, que si cuentan un chiste, que un doble sentido, que un simple sentido, y que ningún sentido también. Y así ella reía. Tomaba aire y la base de sus costillas comenzaba a agitarse largando un sonido estruendoso hasta quedarse sin él. Pero el gesto perduraba, entonces arremetía con otra respiración y continuaba con sus jajas y jejes, o a veces algún jijiji, o jojojo y también jujuju.

Así y todo nunca le creí. Siempre pensé que con sus esplendorosas carcajadas buscaba eliminar a cuenta gota alguna que otra lágrima. Siempre pensé que tras esa casi barroca sonrisa, se escondía una o quizás dos infinitas tristezas. Cuando su pelo comenzó a alisarse sospeché que tantas lágrimas retenidas habían logrado extraviarse por la porosidad de su cabeza desarmando sus rizos por tanta humedad. Pero la gente decía que simplemente se había ido a la peluquería porque su antiguo cabello le generaba demasiados problemas. ¡Imbéciles! ¿Como explican entonces que se le haya aclarado tanto el pelo? ¡No ven que con el agua perdió el color! Aunque siempre había algún optimista ingenuo que se convencía de la alegría de aquella mujer.

Logró engañar a todos, pero mi intriga crecía a la par de sus carcajadas y tuve que investigarla. Entonces, encontré que nunca había logrado demasiada popularidad en su infancia y que tampoco era la más linda ni la más inteligente de su familia. Sabía que había llorado viendo sufrir a los niños o que solía llorar con los accidentes, los ataques terroristas o injustas guerras que conforman este mundo. Sin embargo, estos motivos-seguramente más importantes que mi posterior conclusión- no me parecían suficientes. Analizando su curriculum, comencé a notar que su producción artística y crítica comenzaba a crecer a partir del año 2006 de modo desmedido. ¡Ella que en toda su vida no había logrado escribir ni medio comentario, estaba para mi suerte de colega y gran amiga, redactando a borbotones todo tipo de escritos, desde los más técnicos hasta los más poéticos! De todos modos, dado que yo también caminaba hacia adelante, no me resultaron en ese momento tan extrañas sus mejorías profesionales.
Finalmente lo comprendí. Esta mujer se encontraba sentada en un banco absolutamente roto escribiendo un poema con los ojos más pardos y profundos que de costumbre. Entonces, ahí recordé que un día –cuando yo aún era engañada por su risa- me dijo con los pómulos apretados y con los ojos chinos, que intentaba impresionar a un hombre. Y supe por fin el motivo de su tristeza. Un motivo simple, casi egoísta; y ahí la vi, escribiendo con una rima inexistente los versos más anhelados e irreales mientras una lágrima completa, sin excusas, se deslizaba por su rostro hasta el surco ya borrado de su aparente felicidad.
Su pelo se volvió absolutamente lacio.
El jamás se impresionó.

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