Con un disco de Beethoven bajo sus manos
piensa, a medida que escribe,
lo bello que sería descubrir
que todo es una mentira,
que las enfermedades no son tales,
que su lejanía sólo responde
a la concreta distancia.
Piensa,
que si sus fantasías fueran falsos fantasmas,
todo sería más simple,
todo sería perdurable.
Piensa
que si él fuera él, y no aquél
ya no habría Beethoven solitario,
ni claros de luna ajenos y monstruosos.
Cree que el rostro
entumecido por los nervios
y las manos enérgicamente quietas,
darían paso al movimiento,
darían paso a la propia vida
rompiendo los miedos,
y las estrellas.
Cree que si el claro fuera luz plena,
el rostro de este hombre soberbio,
estructuralmente quieto,
muerto,
mutaría por un minuto
mucho más feliz.
¡Ojalá nosotros no narremos
la misma historia!
¡Ojalá no se repita
otro amante inmortal!
Ojalá la realidad
tome las riendas de si misma,
para dar paso a una verdad
potencial y activamente vívida,
palpable y terrenal.
Como quien vive con el arte en la punta de la lengua, porque la muerte de lo cotidiano no le permite expresar lo hondo y lo extenso de otro mundo posible difícil de asir en el acto mecánico de las cosas.
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