acrecienta la peste
en el elixir
prohibido.
En la mirada fija.
En intenso deseo
va cayendo el
maquillaje,
el color,
derrite entrañas.
Carcome, piernas,
pies, piel.
Y aún persiste el
vapor,
el sopor, el veneno
complaciente
en la lejanía,
en ese Lido
nefasto y fatal,
en ese contraste
entre un ángel
dionisíaco
y un Apolo negado a existir.
Nabokov lo advierte:
Se sumerge el deseo en
el lente
él avanza sobre lo indómito
y dibuja su propia
condena
en un berretín de
pedidos
y urgencias.
Se autodestruye.
Ballard lo advierte:
Entre maquinarias
incrustadas
Velocidad de fuego
carreras
infranqueables.
Lo advierte en el
leguaje procaz,
en el ingreso de la
palabra,
en la carne.
en el olvido del alma
de él,
en la conversión del
pleno
a puro objeto.
Baricco lo advierte:
En la seda, en la piel
En el impulso del
viaje
En el comercio de esos
hilos de mantis
En la desesperación del victimario.
Martel lo advierte:
En el calor de Salta,
En la proeza religiosa
En lo devoto
El perseguidor
perseguido
En las pupilas
penetrantes
En la huida
En el terror de lo
real
Y la sutil diferencia cuenta que
en donde él se ahoga
ella nada.
Pero no nada por saber
nadar
Nada porque ya la
ahogaron
porque noto ser mirada
sin permiso,
Y ahora se mantiene a
flote
con su mascarada
macabra
Asusta al más mínimo
valiente
que roce su mejilla.
Espanta al más mínimo
impacto cardíaco.
