Llegó hasta el pie de la escalera,
su piel tomó un color verde agua por la luz de la luna,
mientras los peldaños, con su alquimia,
se volvieron transparentes.
En lo alto, una flor amarilla como el azufre,
lo esperaba, aunque no sin cierto temor.
Fue entonces cuando decidió subir desarmado
para descansar junto a ella,
y así mirarla eternamente.
Ella renunció a las espinas.
El finalmente pudo dormir.
Como quien vive con el arte en la punta de la lengua, porque la muerte de lo cotidiano no le permite expresar lo hondo y lo extenso de otro mundo posible difícil de asir en el acto mecánico de las cosas.
sábado
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