Salió absorta de un viaje de palabras
que nunca creyó posible.
La magia inundó el minúsculo cuarto
y el reflejo de luna se conviertió en sol.
La fresca brisa la tomó por sorpresa
al enredar sus cabellos aún con la ventana cerrada.
De repente se encontraron en el espacio
hablando un rato, flotando otro.
Mientras tanto la gente continuaba
con el gris cansancio de su procesión.
Como quien vive con el arte en la punta de la lengua, porque la muerte de lo cotidiano no le permite expresar lo hondo y lo extenso de otro mundo posible difícil de asir en el acto mecánico de las cosas.
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