blica mundial). Muchas veces le pregunté a Selene porqué insistía tanto, con un poco de enojo me decía que no era insistencia, que era perseverancia. Entonces, conociendo su “perseverancia” le pedí que por lo menos me dijera que era lo que la impresionaba. Ahí, con su extravagante sencillez, me contestaba que nunca había dejado de identificarse, ya que ambos usaban pantuflas y prendían velas a las tres de la madrugada cuando no podían dormir. La verdad es que Selene se había enamorado de Nicanor, pero él luchaba para no condenarla a su carácter y “a todos los defectos de la república mundial” que ella no veía, no quería ver, ni estaba segura de que existiesen. En varias ocasiones pensó, que si en realidad existían no le importaban, porque ella no era condenable, ya que cuando algo o alguien la atrapaba se convertía en agua. Pero como Nicanor era muy inteligente y los argumentos sobre el agua no lo convencían demasiado, había decidido darle un último beso en la mejilla. Me contaron que con ese último beso Selene cerró los ojos etéreamente y lo abrazó tan fuerte que casi por ósmosis lo convence. Lástima que Nicanor muy determinantemente la salvó de él. Lástima, porque ella no quería ser salvada, razón por la cuál no pudo evitar lamentarse. Como también lamentó no poder compartir las pantuflas, las velas y el insomnio de las tres de la madrugada.
Como quien vive con el arte en la punta de la lengua, porque la muerte de lo cotidiano no le permite expresar lo hondo y lo extenso de otro mundo posible difícil de asir en el acto mecánico de las cosas.
martes
Selene y Nicanor
blica mundial). Muchas veces le pregunté a Selene porqué insistía tanto, con un poco de enojo me decía que no era insistencia, que era perseverancia. Entonces, conociendo su “perseverancia” le pedí que por lo menos me dijera que era lo que la impresionaba. Ahí, con su extravagante sencillez, me contestaba que nunca había dejado de identificarse, ya que ambos usaban pantuflas y prendían velas a las tres de la madrugada cuando no podían dormir. La verdad es que Selene se había enamorado de Nicanor, pero él luchaba para no condenarla a su carácter y “a todos los defectos de la república mundial” que ella no veía, no quería ver, ni estaba segura de que existiesen. En varias ocasiones pensó, que si en realidad existían no le importaban, porque ella no era condenable, ya que cuando algo o alguien la atrapaba se convertía en agua. Pero como Nicanor era muy inteligente y los argumentos sobre el agua no lo convencían demasiado, había decidido darle un último beso en la mejilla. Me contaron que con ese último beso Selene cerró los ojos etéreamente y lo abrazó tan fuerte que casi por ósmosis lo convence. Lástima que Nicanor muy determinantemente la salvó de él. Lástima, porque ella no quería ser salvada, razón por la cuál no pudo evitar lamentarse. Como también lamentó no poder compartir las pantuflas, las velas y el insomnio de las tres de la madrugada.
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