martes

Selene y Nicanor



Nicanor vive en un cuarto piso con su mujer, tiene 28 años pero ya usa anteojos. Selene dice que tanta lectura y escritura le han hecho perder la vista, él, muy por el contrario, le contesta que le han abierto los ojos. Todos en el barrio sabemos bien que la discusión surge siempre porque ella es una persona complicadamente sencilla y a él, sencillamente, le gusta hacerse el complicado. Sin embargo, ella sabe bien que Nicanor sufre; como también sabe que ella no tiene nada que hacer. Al principio intentaba entender el estado para acompañarlo, pero como estos se mezclan fácilmente y todo se enmaraña, resolvió simplemente aguardar que Nicanor se recompusiera. Mientras tanto vivía, se divertía y atesoraba su felicidad en el interior para no distraerlo. Nicanor se daba cuenta que la felicidad de Selene no dependía de él, gracias a eso era liviano y desdichado a la vez. Liviano porque sabía que las dos o tres lágrimas no le pertenecían. Desdichado porque aún no podía disfrutar su felicidad. Ella no tenía ningún apuro en compartirla, quería primero que él se curase gradualmente para que así luego su memoria no fuera tan cruenta (sobre todo tratándose de Nicanor quien no dejaba nunca de atribuirse todos los defectos de la repú
blica mundial).
Muchas veces le pregunté a Selene porqué insistía tanto, con un poco de enojo me decía que no era insistencia, que era perseverancia. Entonces, conociendo su “perseverancia” le pedí que por lo menos me dijera que era lo que la impresionaba. Ahí, con su extravagante sencillez, me contestaba que nunca había dejado de identificarse, ya que ambos usaban pantuflas y prendían velas a las tres de la madrugada cuando no podían dormir. La verdad es que Selene se había enamorado de Nicanor, pero él luchaba para no condenarla a su carácter y “a todos los defectos de la república mundial” que ella no veía, no quería ver, ni estaba segura de que existiesen. En varias ocasiones pensó, que si en realidad existían no le importaban, porque ella no era condenable, ya que cuando algo o alguien la atrapaba se convertía en agua. Pero como Nicanor era muy inteligente y los argumentos sobre el agua no lo convencían demasiado, había decidido darle un último beso en la mejilla. Me contaron que con ese último beso Selene cerró los ojos etéreamente y lo abrazó tan fuerte que casi por ósmosis lo convence. Lástima que Nicanor muy determinantemente la salvó de él. Lástima, porque ella no quería ser salvada, razón por la cuál no pudo evitar lamentarse. Como también lamentó no poder compartir las pantuflas, las velas y el insomnio de las tres de la madrugada.

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