sábado

El juego y la magia

Se alejó de la multitud y caminó por el mar blanco suficientes pasos para el horizonte.
Las voces del grupo eran suavemente reemplazadas por el viento, que muy a su pesar no logró volar ningún recuerdo.
Nuestra compañera solitaria, así apodada por todos, giró ciento ochenta grados sobre sí, dejando marcada su huella en la salina. Mientras tanto, miró una pareja que se alejaba, como ella, buscando intimidad. También vio a lo lejos como los hombres, desde una trucada fotografía, estuvieron obligados a sostener en sus manos a sus respectivas damas, a la vez que éstas fingían ser contenidas. Fue ahí cuando pensó cuanto tardaría el muchacho en sentirse forzado a sostener a su chica, y cuanto tiempo se demoraría ella en premiar con hipócrita fragilidad, el esfuerzo inútil de él. Porque no se puede contener lo que se corre fácilmente de la mano, ni se puede pretender fragilidad cuando decidimos corrernos.
Aún así, nuestra compañera solitaria, que se encontraba realmente contenida por la sal y el ocaso, pensó que le gustaría jugar, algún día, a trucar fotografías, pero que lo haría solamente si lograba dejar en claro el artificio del juego y su magia.

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