Escudo de tiempo muerto
que se perpetúa en el desgano
y en el hierro de su insistencia.
¿Qué hicimos con tu ausencia
y qué fue de tu constante pose frente a un hijo que no viste crecer?
¿Qué harás cuando lleguen a encontrarse todos los nietos de tu alma,
y los bisnietos de tu tumba?
Más ausentes quedarán los pequeños ilustres
frente a la vida que tendrían,
frente a la proyección de sus pensamientos.
Y entre tanto dolor querrán surgir nuevas pieles que ya viejas se agrietan,
porque no se encuentran.
Primer frase de un poema que se hizo extensivo a tu ser,
que hallé en el hueco de tu axila,
en el hueco de tu cara,
en el hueco de tu pecho,
en el hueco…
Esa misma frase que retorna una y mil veces,
que se hace el único resguardo frente a tu ausencia.
¡Detener el tiempo, la última posibilidad de tenerte!
Y detener el tiempo,
la única alternativa de seguir viendo esos cuerpos
que quedaron en el aire por un instante.
Sueltos del viejo lobo, descarnizados,
pero aún así sujetos a su cárcel y a su modo de ver.
Y entre tanto un poema sin rimas ni métrica,
un fragmento de sentidos que se auto-dice porque trata de permanecer,
de alejarse de cualquier otro transcurrir que lo aleje de su otro yo,
de su doble,
del único cuerpo capaz de mantenerse incorrupto.
Y entonces tú historia, la mía y la de otros se hace una,
se hace tiempo y espacio,
se hace única.
Y ya no es posible respirar.
Llanto.
Como quien vive con el arte en la punta de la lengua, porque la muerte de lo cotidiano no le permite expresar lo hondo y lo extenso de otro mundo posible difícil de asir en el acto mecánico de las cosas.
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