Aun me vuelvo niña vieja,
voz extraña
entre el pasado y lo nuevo,
poeta infantilizado
por la velocidad de las hojas.
También me convierto
vieja niña,
en un montón de tiempo
de espera,
de acción,
de afecto psico-motriz
entre cafés
y corridas de gato.
Como quien vive con el arte en la punta de la lengua, porque la muerte de lo cotidiano no le permite expresar lo hondo y lo extenso de otro mundo posible difícil de asir en el acto mecánico de las cosas.
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