En fractales,
movimientos,
en palabras,
o en otras medidas,
en acentos,
en sonidos,
en voces,
en mis pensamientos.
En la yema de los
dedos,
en el choque entre síntomas.
En la diagonal que va
desde la sien
al ángulo de tu quijada.
En el vértice.
En cada una de las comisuras,
de las fantasías,
de las articulaciones.
En todo ello se
instala tu nombre,
en la conjunción exacta entre Dios y la piel.
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