Cuento viejo le dicen, hace tres años que piensa y repiensa un asunto perdido. Sin embargo, todavía no sabe si sigue dando vueltas sobre él por las propias mutaciones que sufrió de la adolescencia a la adultez, o porque se ha instalado de tal modo en su memoria que no tiene retorno. Todos los santos días de Dios, y los que no son santos también, se pregunta y repregunta por su vida, por la de él. Extraña tanto todo, que hasta extraña lo que la vinculó de un modo extraordinario. Recuerda a un viejo amigo que surgió por casualidad, por esas casualidades que te pueden brindar las cartas o más bien los correos con destinos equivocados. Y entonces también lo busca en lugares que nunca le pertenecieron y lo busca en los lugares en dónde alguna vez estuvo. Pero no tiene el valor, para buscarlo en los lugares donde está. Allí no va. No va porque la herida empieza a derrochar sangre sin ningún motivo real, sin ningún motivo físico real.
Es la eterna ausencia la que la derriba. Si fuera simplemente un fantasma sería todavía más sencillo, pero no lo es. Es más que eso. Es un fantasma que tiene un cuerpo al que ella nunca accedió porque no pudo, porque antes de poder llegar hasta ahí se volvió una imagen patente, un cartón. Y todavía tiene que soportar que algunos piensen que sólo fue una locura fanática. Ella lo quiso (con locura seguro, puesto que no sé como se quiere a alguien que no se tiene, si no es de ese modo) pero nunca jamás lo volvió un genio o un ídolo. Pero porqué no me entienden de una puta vez –decía- me gustaba despeinado, subiendo a la pileta donde lo conocí, con las lagañas en los ojos por el cansancio y despeinado, sobre todo despeinado. Entonces, para ella, todos los cartones e imágenes se vuelven chistes de mal gusto y nada más.
Siempre dice que con él aprendió a perder. Desde aquella ausencia se dio cuenta que las reacciones del resto poco le importaban, que ya no buscaba respuestas en otros ojos, y que cuando se enamoraba con la misma estupidez, retornaba irremediablemente al viejo anhelo. Porque se le transformó en cuento viejo. Es probable que con los años este cuento se difumine -sueña cada tanto- pero hasta ahora se perpetúa con tal impunidad que a veces teme morir mirando ese mismo dibujo.
Si, además lo dibujó, lo peor es que se dio cuenta más tarde, porque no lo copió de ninguna fotografía, simplemente emergió del papel o de su mano, emergió como surgen las cosas que se intentan tapar, olvidar o esconder, así apareció, con esa fuerza. Al principio borró algunas de las líneas pero se dio cuenta que no servía demasiado, la insistencia de los ángulos de la cara y la expresión inmutable se hacían presentes. Una presencia absurda y ridícula, tan ridícula como los cartones y las fotografías. Una presencia que sólo le recordaba lo efímero de su paso, y en nada se parecía a la figura viviente. Porque al final de cuentas terminó siendo eso: un dibujo. Ella hubiese querido volverlo sólo persona, hubiese querido conocerlo un poco más despeinado, un poco más cansado. Pero nada de aquello sucedió.
Cada tanto busca algo que pueda asemejarse a su historia. Cada tanto intenta sacársela de encima depositándola en alguna canción, poema, cuadro, obra o lo que sea. Por eso durante un tiempo recordó Lo que no fue (Brief Encountre) de David Lean. Sin embargo se dio cuenta que Laura Jesson, la protagonista, tenía bases más sólidas para contar su romance con el Dr. Alec Harvey. Pensó que si ya algunos creían que Laura estaba loca, ¿por qué no iban a traspasar con motivos mucho más solventes, que ella deliró o mintió? Lo curioso es que si bien su no-historia también fue real, la idea de la mentira la tranquilizaba. Sólo le bastaba esperar y convencerse que él no había estado allí, que sólo existía en los cartones. Por lo pronto tenía la seguridad de que si eventualmente se lo encontraba en la calle, no la iba a reconocer. Entonces, se dijo: si nunca hubo testigos, nunca existió la crónica de mi amor trunco.
Es la eterna ausencia la que la derriba. Si fuera simplemente un fantasma sería todavía más sencillo, pero no lo es. Es más que eso. Es un fantasma que tiene un cuerpo al que ella nunca accedió porque no pudo, porque antes de poder llegar hasta ahí se volvió una imagen patente, un cartón. Y todavía tiene que soportar que algunos piensen que sólo fue una locura fanática. Ella lo quiso (con locura seguro, puesto que no sé como se quiere a alguien que no se tiene, si no es de ese modo) pero nunca jamás lo volvió un genio o un ídolo. Pero porqué no me entienden de una puta vez –decía- me gustaba despeinado, subiendo a la pileta donde lo conocí, con las lagañas en los ojos por el cansancio y despeinado, sobre todo despeinado. Entonces, para ella, todos los cartones e imágenes se vuelven chistes de mal gusto y nada más.
Siempre dice que con él aprendió a perder. Desde aquella ausencia se dio cuenta que las reacciones del resto poco le importaban, que ya no buscaba respuestas en otros ojos, y que cuando se enamoraba con la misma estupidez, retornaba irremediablemente al viejo anhelo. Porque se le transformó en cuento viejo. Es probable que con los años este cuento se difumine -sueña cada tanto- pero hasta ahora se perpetúa con tal impunidad que a veces teme morir mirando ese mismo dibujo.
Si, además lo dibujó, lo peor es que se dio cuenta más tarde, porque no lo copió de ninguna fotografía, simplemente emergió del papel o de su mano, emergió como surgen las cosas que se intentan tapar, olvidar o esconder, así apareció, con esa fuerza. Al principio borró algunas de las líneas pero se dio cuenta que no servía demasiado, la insistencia de los ángulos de la cara y la expresión inmutable se hacían presentes. Una presencia absurda y ridícula, tan ridícula como los cartones y las fotografías. Una presencia que sólo le recordaba lo efímero de su paso, y en nada se parecía a la figura viviente. Porque al final de cuentas terminó siendo eso: un dibujo. Ella hubiese querido volverlo sólo persona, hubiese querido conocerlo un poco más despeinado, un poco más cansado. Pero nada de aquello sucedió.
Cada tanto busca algo que pueda asemejarse a su historia. Cada tanto intenta sacársela de encima depositándola en alguna canción, poema, cuadro, obra o lo que sea. Por eso durante un tiempo recordó Lo que no fue (Brief Encountre) de David Lean. Sin embargo se dio cuenta que Laura Jesson, la protagonista, tenía bases más sólidas para contar su romance con el Dr. Alec Harvey. Pensó que si ya algunos creían que Laura estaba loca, ¿por qué no iban a traspasar con motivos mucho más solventes, que ella deliró o mintió? Lo curioso es que si bien su no-historia también fue real, la idea de la mentira la tranquilizaba. Sólo le bastaba esperar y convencerse que él no había estado allí, que sólo existía en los cartones. Por lo pronto tenía la seguridad de que si eventualmente se lo encontraba en la calle, no la iba a reconocer. Entonces, se dijo: si nunca hubo testigos, nunca existió la crónica de mi amor trunco.
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