Baja la cabeza.
Mira un punto fijo.
Pela una manzana.
La manzana y el cuchillo.
El cuchillo que pela la manzana.
La manzana
que derrocha su sustancia sobre la mano de quien escucha.
La cáscara
que cae sobre la mesada huyendo de la mano de quien piensa, siente.
El ruido que ingresa.
Ya no el ruido del cuchillo desplazándose sobre el
gajo de la manzana,
sino un estruendoso y sonido chillón.
Mientras, ella piensa, recuerda.
Lleva el gajo de la manzana a su boca.
Su boca y la manzana.
La manzana y sus dientes.
Levanta la cabeza.
Ella mira,
piensa,
y recuerda.
Él, el imaginario.
El imaginario que ingresa en ese ruido y sabe bien por qué.
Porqué ingresa como el cuchillo en la manzana
desprendiendo la cáscara de la manzana.
Ella lo ve.
Ve al imaginario.
Lo ve surfear rápido sobre una cáscara
que se chamusca con el oxígeno.
Cáscara negra con el roce del metal.
Desaparece,
desaparece el imaginario lejos de la manzana.
Del cuchillo y la manzana.
Pero ella lo piensa también lejos,
muy lejos,
de ese sonido chillón.
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