Ella se descarna tanto
o se encarna tanto,
que no puede evitar
salirse y adentrarse en
su cuerpo.
Ella,
o el mito de ella,
es tan idea de otros y
otras,
que consuela que exista
esa idea.
No tiene quietud de un
contorno
o la extensión del cielo,
pero ha logrado su
imagen
conmover los rostros más
cuartados.
Conmovió
desde su inmensa pequeñez,
y fue monstruo y ángel,
cine,
primer plano y gesto
que flota
en la pérdida de alguna
memoria.
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