Todavía tiene un dejo de su piel en ningún lado,
sus pestañas y un bostezo exagerado.
Todavía tiene un resto de su dulce reto guardado,
sus cumplidos y un discurso desarticulado.
Pero no tiene sus días ni sus horas,
tampoco sus segundos.
No tiene el ocaso ni la aurora,
mucho menos sus desayunos.
Le faltan las noches entre sábanas adormecidas.
Le sobran los rústicos desvelos.
Carece de sueños.
Anhela su almohada.
No tiene el peso de su cuerpo en el colchón,
ni su sombra ni su huella.
No tiene nada,
nada de nada.
Aunque aún conserve su discurso,
su cumplido,
su dulce reto,
sus pestañas,
su bostezo
o su dejo de piel.
Como quien vive con el arte en la punta de la lengua, porque la muerte de lo cotidiano no le permite expresar lo hondo y lo extenso de otro mundo posible difícil de asir en el acto mecánico de las cosas.
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