martes

Fotogénico

A Juan Ángel

Lo conoció por una fotografía. Allí lo vio por primera vez, en un papel de 10 por 15, blanco y negro con un plano (latino) americano de su rostro adormecido. Su mejilla apoyada sobre su mano reposaba los últimos excesos de la noche. Su torso pesaba sobre la mesa. Su boca se desprendía de sus músculos mientras los párpados se empeñaban en proteger los dos cuencos más lumínicos, que ella pudo descubrir en la posteridad. Lo vio antes de intentar seducir a su tocayo, un hombre refinado y elegante que quedó en la absoluta oscuridad frente a esa imagen divina.

Ella supo, mucho antes de notarlo, sobre uno de los episodios más tristes de su vida. Sin embargo, esa breve furia no modificó el recuerdo del manso cuadro blanco y negro. Quizás porque en su espíritu femenino yacía una furia similar o aún mas agresiva, tal vez porque rescató sin querer la calma de su rostro o simplemente porque se encontró reflejada, en él, como en un espejo.

Es probable que por todo eso haya querido permanecer, aquella noche, a su lado, para poder mirarlo impunemente, o por ahí el motivo fue aquél arrebato feliz del loco lindo, que la tomó por sorpresa, quitándole la razón de encima y haciéndole olvidar, por una breve pausa, heridas viejas.

Bueno sería olvidar más seguido, pensó tan sólo dos días después.

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