Los niños mueren de hambre
Y yo miro un cuadro que pinto mi abuela
Los niños mueren de hambre
Y mi madre hace morisquetas en la ventana
Los niños…
Las palabras se las lleva el viento
Ese imberbe viento que acaba de pasar por aquí
Y hace que sólo mire el cuadro
Y no recuerde
Qué hace que mi vieja siga haciendo morisquetas
y no se acuerde
Qué hace que escriba y olvide apenas cierro la lapicera
Los niños mueren de hambre
Y yo me jacto en escribirlo
¿la solución? No pasó por aquí
Los niños mueren de hambre
Y usted se jacta en leerlo
¿la solución? No pasó por allí
Los niños mueren de hambre
Y la frase pierde sentido,
Como en el juego de las repeticiones,
ese juego que juegan los niños;
claro que no los mismos niños.
El problema es que… los niños mueren de hambre.
Y ni usted ni yo movemos un pelo.
La solución es que dejemos de perder el tiempo.
Que usted deje de leer y yo deje de escribir
esta sarta de hipocresías,
que hacen que,
Los niños se sigan muriendo de hambre.
Como quien vive con el arte en la punta de la lengua, porque la muerte de lo cotidiano no le permite expresar lo hondo y lo extenso de otro mundo posible difícil de asir en el acto mecánico de las cosas.
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