martes

Cuento estúpido para una ilusión (aún más) estúpida.

Pedro, por decir algo, tiene 39 años pero dentro de poco entra a los 40. No tiene ni idea de la vida de Mariela. Cuando alguien le pregunta por ella dice: ¿Pero quién es? Entonces es ahí cuando su entrenador de esgrima le cuenta que Mariela era una compañera de él. La chica tímida a la que le temblaban las manos al mirarte de reojo, la que una vez intentó hablarte justo cuando te ibas. Pero como Pedro nunca la registró contesta: no, no la ubico pero no importa.

Mariela tiene veintitantos años, ella si lo recuerda, tanto que siempre describe su rostro con una definición que asusta. Además dice que desde que no lo conoce adora leer “El libro de los amores ridículos” de Milan Kundera. No porque encuentre su historia en alguno de los cuentos, sino porque no puede dejar de relacionar el título con su no-Pedro. Ella dice que él, Pepe para nosotros, vive en esa frase y que sólo desde allí logra entender. (Como podrá apreciar el lector, jamás estuvieron tan lejos dos personas) El asunto es que Pedro nunca se dio por enterado y nosotros no sabemos que pasaría si él supiera; probablemente no pasaría nada como hasta ahora, pero eso no evita que Mariela siga alimentando su estúpida ilusión.

El entrenador, que está al tanto de todo –de la ignorancia de él y de la absurda esperanza de ella-, cree que lo mejor es que ella siga creyendo que él la registró mínimamente, y que Pedro siga siendo Pedro, un muchacho de 39, casi 40, que no tiene la más pálida idea de quien es Mariela.

La niña D

Lo mejor que podría pasarle es que la sople el viento, pero perdió sus zapatos rojos. El hombre de hojalata se desvaneció con su corazón, el mago resultó un farsante y el león un cobarde. El espantapájaros dejó de existir, hace tiempo que fue destrozado por la bruja. Desde entonces Dorothy ya no es Dorothy, los cuervos la capturaron, enredaron sus piernas con cadenas y la obligaron a tirarse al mar. Ella es sólo la niña D.

Lo mejor que podría pasarle es que la lleve el viento, que la extraiga de ese mar horrible, para que de una buena vez la memoria reviva sus fuerzas ancladas en el burócrata de Oz

Breve pausa

Sube las escaleras, asoma su cabello, el rostro, el cuerpo, sus rodillas y sus pies. Ella de espalda percibe la presencia de lo desconocido. Es allí donde se produce la detención del tiempo, allí donde cada pequeña ola permanece inmovil, donde las gotas que se desprenden de su mano congelan su estructura en un espacio particular. En ese preciso momento su respiración se anula, su gesto no responde y entonces logra girar; un poco por milagro, otro poco por curiosidad. Todo para comprobar que la percepción no falló ni en aquel instante, ni cuando aún no lo había visto.

El tiempo retoma su curso, él deja su toalla, se ducha e ingresa al agua mientras ella se toma del borde, su cabeza le da la razón y su pecho acelera. Por suerte realizar hiperventilación acuática suele calmar este tipo de estados, piensa. Él, nada.

lunes

Cuento viejo o crónica de un amor trunco.

Cuento viejo le dicen, hace tres años que piensa y repiensa un asunto perdido. Sin embargo, todavía no sabe si sigue dando vueltas sobre él por las propias mutaciones que sufrió de la adolescencia a la adultez, o porque se ha instalado de tal modo en su memoria que no tiene retorno. Todos los santos días de Dios, y los que no son santos también, se pregunta y repregunta por su vida, por la de él. Extraña tanto todo, que hasta extraña lo que la vinculó de un modo extraordinario. Recuerda a un viejo amigo que surgió por casualidad, por esas casualidades que te pueden brindar las cartas o más bien los correos con destinos equivocados. Y entonces también lo busca en lugares que nunca le pertenecieron y lo busca en los lugares en dónde alguna vez estuvo. Pero no tiene el valor, para buscarlo en los lugares donde está. Allí no va. No va porque la herida empieza a derrochar sangre sin ningún motivo real, sin ningún motivo físico real.

Es la eterna ausencia la que la derriba. Si fuera simplemente un fantasma sería todavía más sencillo, pero no lo es. Es más que eso. Es un fantasma que tiene un cuerpo al que ella nunca accedió porque no pudo, porque antes de poder llegar hasta ahí se volvió una imagen patente, un cartón. Y todavía tiene que soportar que algunos piensen que sólo fue una locura fanática. Ella lo quiso (con locura seguro, puesto que no sé como se quiere a alguien que no se tiene, si no es de ese modo) pero nunca jamás lo volvió un genio o un ídolo. Pero porqué no me entienden de una puta vez –decía- me gustaba despeinado, subiendo a la pileta donde lo conocí, con las lagañas en los ojos por el cansancio y despeinado, sobre todo despeinado. Entonces, para ella, todos los cartones e imágenes se vuelven chistes de mal gusto y nada más.

Siempre dice que con él aprendió a perder. Desde aquella ausencia se dio cuenta que las reacciones del resto poco le importaban, que ya no buscaba respuestas en otros ojos, y que cuando se enamoraba con la misma estupidez, retornaba irremediablemente al viejo anhelo. Porque se le transformó en cuento viejo. Es probable que con los años este cuento se difumine -sueña cada tanto- pero hasta ahora se perpetúa con tal impunidad que a veces teme morir mirando ese mismo dibujo.

Si, además lo dibujó, lo peor es que se dio cuenta más tarde, porque no lo copió de ninguna fotografía, simplemente emergió del papel o de su mano, emergió como surgen las cosas que se intentan tapar, olvidar o esconder, así apareció, con esa fuerza. Al principio borró algunas de las líneas pero se dio cuenta que no servía demasiado, la insistencia de los ángulos de la cara y la expresión inmutable se hacían presentes. Una presencia absurda y ridícula, tan ridícula como los cartones y las fotografías. Una presencia que sólo le recordaba lo efímero de su paso, y en nada se parecía a la figura viviente. Porque al final de cuentas terminó siendo eso: un dibujo. Ella hubiese querido volverlo sólo persona, hubiese querido conocerlo un poco más despeinado, un poco más cansado. Pero nada de aquello sucedió.

Cada tanto busca algo que pueda asemejarse a su historia. Cada tanto intenta sacársela de encima depositándola en alguna canción, poema, cuadro, obra o lo que sea. Por eso durante un tiempo recordó Lo que no fue (Brief Encountre) de David Lean. Sin embargo se dio cuenta que Laura Jesson, la protagonista, tenía bases más sólidas para contar su romance con el Dr. Alec Harvey. Pensó que si ya algunos creían que Laura estaba loca, ¿por qué no iban a traspasar con motivos mucho más solventes, que ella deliró o mintió? Lo curioso es que si bien su no-historia también fue real, la idea de la mentira la tranquilizaba. Sólo le bastaba esperar y convencerse que él no había estado allí, que sólo existía en los cartones. Por lo pronto tenía la seguridad de que si eventualmente se lo encontraba en la calle, no la iba a reconocer. Entonces, se dijo: si nunca hubo testigos, nunca existió la crónica de mi amor trunco.

martes

Selene y Nicanor



Nicanor vive en un cuarto piso con su mujer, tiene 28 años pero ya usa anteojos. Selene dice que tanta lectura y escritura le han hecho perder la vista, él, muy por el contrario, le contesta que le han abierto los ojos. Todos en el barrio sabemos bien que la discusión surge siempre porque ella es una persona complicadamente sencilla y a él, sencillamente, le gusta hacerse el complicado. Sin embargo, ella sabe bien que Nicanor sufre; como también sabe que ella no tiene nada que hacer. Al principio intentaba entender el estado para acompañarlo, pero como estos se mezclan fácilmente y todo se enmaraña, resolvió simplemente aguardar que Nicanor se recompusiera. Mientras tanto vivía, se divertía y atesoraba su felicidad en el interior para no distraerlo. Nicanor se daba cuenta que la felicidad de Selene no dependía de él, gracias a eso era liviano y desdichado a la vez. Liviano porque sabía que las dos o tres lágrimas no le pertenecían. Desdichado porque aún no podía disfrutar su felicidad. Ella no tenía ningún apuro en compartirla, quería primero que él se curase gradualmente para que así luego su memoria no fuera tan cruenta (sobre todo tratándose de Nicanor quien no dejaba nunca de atribuirse todos los defectos de la repú
blica mundial).
Muchas veces le pregunté a Selene porqué insistía tanto, con un poco de enojo me decía que no era insistencia, que era perseverancia. Entonces, conociendo su “perseverancia” le pedí que por lo menos me dijera que era lo que la impresionaba. Ahí, con su extravagante sencillez, me contestaba que nunca había dejado de identificarse, ya que ambos usaban pantuflas y prendían velas a las tres de la madrugada cuando no podían dormir. La verdad es que Selene se había enamorado de Nicanor, pero él luchaba para no condenarla a su carácter y “a todos los defectos de la república mundial” que ella no veía, no quería ver, ni estaba segura de que existiesen. En varias ocasiones pensó, que si en realidad existían no le importaban, porque ella no era condenable, ya que cuando algo o alguien la atrapaba se convertía en agua. Pero como Nicanor era muy inteligente y los argumentos sobre el agua no lo convencían demasiado, había decidido darle un último beso en la mejilla. Me contaron que con ese último beso Selene cerró los ojos etéreamente y lo abrazó tan fuerte que casi por ósmosis lo convence. Lástima que Nicanor muy determinantemente la salvó de él. Lástima, porque ella no quería ser salvada, razón por la cuál no pudo evitar lamentarse. Como también lamentó no poder compartir las pantuflas, las velas y el insomnio de las tres de la madrugada.

jueves

Aquel día

Salió absorta de un viaje de palabras
que nunca creyó posible.

La magia inundó el minúsculo cuarto
y el reflejo de luna se conviertió en sol.

La fresca brisa la tomó por sorpresa
al enredar sus cabellos aún con la ventana cerrada.

De repente se encontraron en el espacio
hablando un rato, flotando otro.

Mientras tanto la gente continuaba
con el gris cansancio de su procesión.

miércoles

Algo se quebró

El día claroscuro no tardó en brindar la nieve,
que protegió con su manto la fragilidad de la tierra
impidiendo que el sol acariciase al suelo.
La noche no demoró en congelar su coraza blanca
que rechaza con insistencia los rayos de su luna.
Así brillo con desgarro ella y él, la tierra y el cielo
El horizonte se transformó en un hueco insuperable
que gime con grito desértico los restos de la esperanza.
La tierra temerosa de la humedad prefirió agrietarse.
El cielo resentido por su desolación se cegó.
El horizonte fue nada.
Todo quedó blanco
Algo se quebró.

domingo

Grietas

Tengo en el interior esa misma grieta que tanto te ocupa, pero en mi caída libre no escuché tu respuesta. Aún así el viento me da una oportunidad, me levanta a la superficie justo cuando das la vuelta. Un sonido te retendría pero Voz y Cobardía se niegan a hablar. Esperan lo que no merecen: un nuevo giro, un nuevo hola. ¿Esperan lo que no llega, amor? ¿Y si Voz y Cobardía tienen razón? ¿Si el viento no es lo suficientemente fuerte para llevarme hasta allí? No. Igual tengo que abandonarlas, necesito llegar urgentemente a tu ser. El viento frenó. Ahora estoy atada a una roca, mis pies en el aire. Si mirás, por favor extendé tu mano. No me culpes, confío ciegamente en tu sensibilidad.

jueves

Amor posmoderno

A Ale

No hubo nada que no entendiera. Le dije mil millones de veces “todo lo sólido se desvanece en el aire”, sin embargo insistió con el asunto de ‘concretar’ algo tan efímero y hasta absurdo. Lo más curioso es que comprendía perfectamente las palabras: todo lo sólido se desvanece en el aire. ¿Y que queda? me preguntaba. Queda esto, una imitación ridícula de lo que quizás sea alguna vez. O acaso no viste la cantidad de libros de poesía que buscan dejar un recuerdo aunque sea en el papel, le dije. Me contestó que le resultaba inoperante. ¡Es cierto! Pero es tan inoperante como intentar una y otra vez concretar algo tan efímero y hasta absurdo. Aunque claro, fascinado por el teatro, por ejemplo,no tuvo mejor idea que llevar a escena una historia sin principio ni final. ¿Por qué? Por extremista, porque si el teatro es lo efímero entonces él tenía que volverlo aún menos aprehensible, aún menos asible. Y todos los ble que se te ocurran.

Ahora, después soy yo la que tiene que estar aguantando a los intelectuales hablar de posmodernidad. Él como si nada, total, lo efímero le queda cómodo.

domingo

Las huellas de Aurelio

Aurelio solía caminar todos los días desde el cuartel general de los guerrilleros hasta la casa de Inés. Como el suelo que él pisaba estaba eternamente acompañado por una espesa capa de nieve, sus huellas se habían convertido en parte del paisaje. Cada una de ellas aumentaba su profundidad con el paso de los días sirviendo de guía al romántico de Aurelio. Si, Aurelio era un romántico empedernido, cada vez que volvía del cuartel a lo de Inés plantaba con sus propias pisadas semillas de amapola. Éstas debían crecer de apurado para que al día siguiente fueran arrancadas por él.

Inés era distinta, a ella no le importaban realmente las amapolas de Aurelio, porque consideraba que retrasaban su llegada. De todos modos, había comprado un pequeño florero que ubicaba sobre su mesa de caña justo al lado de la ventana, (por no despreciar el gesto, absurdo para ella, pero gesto al fin)

Desde el cuartel general de los guerrilleros hasta la puerta de la casita de madera de Inés, había justo cien metros en línea recta. Desde el cuartel general de los guerrilleros hasta la mesa donde estaba el florero con amapolas, a veces mustias, a veces frescas, había justo ciento dos metros en línea recta. Aurelio caminaba todos los días ciento dos metros hasta la mesa, gracias a Inés, que para economizar energías, abría la puerta a las seis de la tarde; hora en la que él dejaba de luchar.

El 20 de algún mes de 1976, o 30, o 43, o 55, o 66, o etc. (Digo etc., porque en realidad depende el país donde ustedes quieran situar la historia), Aurelio caminó por su destino: marcado, anhelado y ansiado, hasta la casa de su mujer, pero en el metro treinta pudo visualizar la puerta cerrada, entonces creyó que Inés se había quedado dormida junto a la salamandra; pero en el metro cincuenta vio pisadas las amapolas plantadas en la mañana, entonces pensó que Inés en una de sus vertiginosas salidas había arrasado con alguna de las flores; pero en el metro setenta vio la ventana rota, en el ochenta el florero tirado en la nieve, en el 90 las flores muertas. ¡Inés, Inés! Aurelio gritó con desgarradora voz, mientras se derrumbaba sobre sus propias huellas.

El día tal, de algún mes, de algún año, de algún país, ella desapareció. Aurelio, las huellas y las amapolas también.

miércoles

La mujer que siempre reía.

La mujer que siempre reía tenía ojos negros, dientes blancos y grandes, una infinidad de rulos color castaño oscuro y dos surcos de temprana edad al costado de su boca. Ella exhibía su risa mientras sus rizos se agitaban. La apertura podía variar desde pequeños milímetros hacia las cejas, hasta lograr comprimir los pómulos de un modo envidiable.

Los motivos de sus carcajadas o sonrisas trataban ser diversos. Las sonrisas más claras podían manifestarse frente a un bebé o a un pequeño cachorro, las más oscuras se generaban con sus fantasías o con alguna que otra caída de esas señoras graciosas que caminan por la calle y luego aterrizan en el suelo balanceándose como barquillo.

Cuando esa clase de sonrisas surgían, la mujer que siempre reía, trataba de ocultarse. Entonces sus labios se presionaban uno con otro y la boca se reducía a su menor expresión. Si bien era divertido verla luchar con sus propias diabluras, sus carcajadas no eran menos llamativas. Sus dientes aparecían sin demasiado pudor frente a las situaciones más absurdas. Que si se sonroja un hombre, que si cuentan un chiste, que un doble sentido, que un simple sentido, y que ningún sentido también. Y así ella reía. Tomaba aire y la base de sus costillas comenzaba a agitarse largando un sonido estruendoso hasta quedarse sin él. Pero el gesto perduraba, entonces arremetía con otra respiración y continuaba con sus jajas y jejes, o a veces algún jijiji, o jojojo y también jujuju.

Así y todo nunca le creí. Siempre pensé que con sus esplendorosas carcajadas buscaba eliminar a cuenta gota alguna que otra lágrima. Siempre pensé que tras esa casi barroca sonrisa, se escondía una o quizás dos infinitas tristezas. Cuando su pelo comenzó a alisarse sospeché que tantas lágrimas retenidas habían logrado extraviarse por la porosidad de su cabeza desarmando sus rizos por tanta humedad. Pero la gente decía que simplemente se había ido a la peluquería porque su antiguo cabello le generaba demasiados problemas. ¡Imbéciles! ¿Como explican entonces que se le haya aclarado tanto el pelo? ¡No ven que con el agua perdió el color! Aunque siempre había algún optimista ingenuo que se convencía de la alegría de aquella mujer.

Logró engañar a todos, pero mi intriga crecía a la par de sus carcajadas y tuve que investigarla. Entonces, encontré que nunca había logrado demasiada popularidad en su infancia y que tampoco era la más linda ni la más inteligente de su familia. Sabía que había llorado viendo sufrir a los niños o que solía llorar con los accidentes, los ataques terroristas o injustas guerras que conforman este mundo. Sin embargo, estos motivos-seguramente más importantes que mi posterior conclusión- no me parecían suficientes. Analizando su curriculum, comencé a notar que su producción artística y crítica comenzaba a crecer a partir del año 2006 de modo desmedido. ¡Ella que en toda su vida no había logrado escribir ni medio comentario, estaba para mi suerte de colega y gran amiga, redactando a borbotones todo tipo de escritos, desde los más técnicos hasta los más poéticos! De todos modos, dado que yo también caminaba hacia adelante, no me resultaron en ese momento tan extrañas sus mejorías profesionales.
Finalmente lo comprendí. Esta mujer se encontraba sentada en un banco absolutamente roto escribiendo un poema con los ojos más pardos y profundos que de costumbre. Entonces, ahí recordé que un día –cuando yo aún era engañada por su risa- me dijo con los pómulos apretados y con los ojos chinos, que intentaba impresionar a un hombre. Y supe por fin el motivo de su tristeza. Un motivo simple, casi egoísta; y ahí la vi, escribiendo con una rima inexistente los versos más anhelados e irreales mientras una lágrima completa, sin excusas, se deslizaba por su rostro hasta el surco ya borrado de su aparente felicidad.
Su pelo se volvió absolutamente lacio.
El jamás se impresionó.

sábado

Conserva tu deseo

Si aún no es tarde.
Si todavía tienen respuestas
las inquietudes de tu mente.
Si tu ilusión sigue vigente.
Si tus manos prefieren ocuparse
y tus labios llenarse
en esta misma sombra libre.
Si resuenan estas palabras
en tu recuerdo,
conserva tu deseo
y no temas entrar.

El oso y la flor.

Llegó hasta el pie de la escalera,
su piel tomó un color verde agua por la luz de la luna,
mientras los peldaños, con su alquimia,
se volvieron transparentes.

En lo alto, una flor amarilla como el azufre,
lo esperaba, aunque no sin cierto temor.

Fue entonces cuando decidió subir desarmado
para descansar junto a ella,
y así mirarla eternamente.

Ella renunció a las espinas.
El finalmente pudo dormir.

Fechas

Caos. Sin resolver. Pérfida fecha. Camina en tu sol. Duerme en tu estrella. Repliega tus alas. Furia cristal  Olas de mar,  costa abrupta Te...